Cuando la política renuncia al diálogo

La mentira como palabra.
La mentira como palabra.

¿Por qué toleramos la mentira y el encubrimiento sin rebelarnos contra los mentirosos y los encubridores? ¿Por qué soportamos estoicamente la manipulación y las tergiversaciones? ¿Por qué cuanta más basura aparece en el entorno de los políticos, menos consecuencias tiene? ¿Por qué los políticos —casi da igual el color, la ideología o la experiencia— convierten la propaganda en verdad? ¿Por qué son siempre incapaces de ir al fondo de los problemas y, por eso, los usan únicamente para desprestigiar al contrario?

¿Abusan de falsos autoritarismos solo porque carecen de autoridad y de democracia interna? ¿Por qué hablan sin convicción y con dogmatismos repetidos por quienes les siguen sin siquiera asimilarlos? ¿Por qué falsean interesadamente la verdad para adecuarla a sus intereses? ¿Por qué convierten el lenguaje en un instrumento de odio? ¿Por qué disparan discriminadamente en una sola dirección? ¿Por qué es imposible el diálogo civilizado entre diferentes? ¿Por qué se premia la intolerancia y a los intolerantes? ¿Por qué quienes nos gobiernan y los que aspiran a hacerlo son incapaces de la más mínima autocrítica?

¿Y por qué se lo permitimos —y muchas veces lo alentamos y multiplicamos en las redes— los ciudadanos, los intelectuales, los filósofos, los escritores, los periodistas, las organizaciones sociales, la sociedad civil en su conjunto?

Esta semana se ha muerto Jürgen Habermas, un filósofo de izquierdas que nunca se opuso al diálogo con quienes pensaban distinto y que defendía el lenguaje claro y comprensible como única vía de entendimiento. Habermas sostenía que la irresponsabilidad en la toma de decisiones forma parte de la esencia de la política actual. Dudo que la inmensa mayoría de los políticos que tenemos —tan mediocres como la inmensa mayoría de los ciudadanos que los elegimos— hayan leído a Habermas. Incluso dudo que algunos hayan leído.

La explotación cínica de la vulnerabilidad de los sistemas complejos, que también denunciaba, conduce a su debilitamiento y facilita su degradación o destrucción. La falta de perspectiva política y el interés exclusivo por mantenerse en el poder o alcanzarlo como sea destruyen la esencia de la política: el bien común, el de todos los ciudadanos, sin dejar atrás a nadie.

La comunicación, como decía Habermas, busca el entendimiento. Para Adela Cortina, comentando ese pensamiento, “sin ejercer ese poder comunicativo, que es también una forma de poder, la democracia es imposible, porque es imposible el ejercicio de la razón pública mediante una política deliberativa”.

Ignoro lo que pasará en la guerra de Trump, si Vox y PP seguirán siendo incapaces de entenderse, si el PSOE acabará hundido por la apropiación interesada de Pedro Sánchez, por los crecientes escándalos de corrupción y abusos, si la extrema izquierda formará una nueva alianza para prolongar su permanencia en el poder mientras descuida a la verdadera clase trabajadora.

Lo ignoro casi todo. Lo que no entiendo es por qué lo llaman política cuando quieren decir poder sin controles. Y, sobre todo, por qué lo permitimos.

 

Comentarios